JOSÉ SBARRA

Pterodáctilos

Cuento en audio

daniel kukla

Audio editado para el programa radial “Minas Terrestres” https://www.facebook.com/minasterrestres
Voces: Yanina Audisio y Humberto Meoli.
Música: Penguin Cafe Orchestra.
Edición: Quetecuento. https://www.facebook.com/pages/Quetecuento/102389843186893
http://www.quetecuento.net

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LUIS BRITTO GARCÍA

Un papagayo se hace con papel y verada. Los demás niñitos decían que yo estaba enamorado de Helena. Se toman las veradas se ponen en cruz y se amarran con pabilo. En realidad lo que yo hice fue que no dejé que le pegaran una vez que la encontramos en el cerro. En las puntas de las veradas hay que hacer rajaduras con yilé para que se pueda amarrar el pabilo. Tirarle piedras y pepas de mango a las viejas y a las putas estaba bueno pero dígame usted pegarla a una carajita. El pabilo se amarra en las veradas y se forma como un cuadro, y si uno le pone más veradas, como un barril como una rueda. Entonces me cantaban Rafucho tieneee nooovia. El papel mejor de seda pero hay que robarlo de la quincalla si no se puede mejor de periódico. Y taaambién es puuuta. El engrudo se puede hacer con harina pero mejor robarle la goma a los niñitos que van a la escuela.

A Manuelito le di un coñazo desde entonces me cantaban nada más hasta tieeene nooovia. Mejor echar poca goma para que no forme grumos. A las putas sí, pero qué culpa tenía la carajita de que la tuvieran en el burdel para que pasara la coleta. El papel que quede bien prensado si no al coger el aire se rompe. Mejor apedrear carros robarse las gallinas de los ranchos espichar los cauchos de los camiones. Hay que dejar huequitos para amarrar las guías. Aquel año fue cojonudo el italiano de la bodega se volvió loco y apuñaló al cuñado todos vimos cuando se lo llevaron preso. Las guías se miden de lado a lado del papagayo y de la cola. La policía mató por la espalda a un obrero que le decían activista. La cola se puede hacer de trapo. Ya me tenía arrecho lo de Rafucho tiene novia. El largo de la cola depende del tamaño del papagayo y del viento. En el farallón del cerro donde  volábamos papagayos estaban instalando los cables de la luz eléctrica. Las yilés se pueden instalar a los lados, pero son más efectivas en la cola. En la tarde después de mentarle la madre al bodeguero subíamos con los papagayos y comenzábamos a esperar la brisa. Las yilés se pueden robar en la botica se pueden recoger las viejas que botan al suelo o se pueden comprar con la plata de los mandados pero entonces a uno lo pelan. Al soplar la brisa volábamos los papagayos y los hacíamos embestirse para que las yilés cortaran el pabilo. Instaladas las yilés la cosa es tener noción de maniobra.

Aquella tarde tiré mi papagayo contra uno de papel rosado, grandote. Es necesario soltar guaral, recoger guaral, la cola da después el latigazo. El papagayo rosadote cayó y fue a dar al carajo sobre los techos de la policía, yo entonces embestí uno azul, muy movedizo. Dado el latigazo se debe coger altura otra vez, si no a uno lo peinan. El papagayo azul cayó dando vueltas como sacacorchos como rabo de cochino el dueño me gritaba y yo decía trancao y recogí una piedra por si acaso. La ventaja de la cola corta está en que como ondula mucho aumenta la movilidad del papagayo pero existe el riesgo de que se corte ella misma.

Corté otros dos papagayos, el segundo muy difícil, un barril amarillo que casi me cortó el pabilo a mí pero que de todos modos se vino pabajo y le cayó en la batea a una vieja. Si las hojillas se mellan, afiladas dentro de un vaso. Cogí altura, le corté el hilo a otro papagayo rosado pero más chiquito y maniobrero que cayó cerca de los cables. Al aumentar el viento, soltar cabuya. Mi papagayo, solo sobre el cerro, hacía ochos como un loco, todos los demás cortados o recogidos. Si el viento disminuye, recoger cabuya. Solo no, mentira, una cosita blanca como una pantaleta volaba meneándose como con calambrina a la derecha al reflejar el sol casi parpadeaba. El mejor ataque tirones largos combinados con soltadas de cabuya cortas. Señor,
casi sin mirar hubiera podido decir que aquella basurita blanca la estaba volando Helena. El descenso debe ser rápido pero no mucho porque revienta el guaral.

Sophia Hewson 21

Aquel tironear el hilo aquel declarar que mientras las demás huían ella estaba protegida aquel mirarme como si de verdad Rafucho tiene novia como si de verdad. La maniobra evasiva, soltar pabilo, descender lo más posible, con sesgos. Di tirones fuertes, para que mi papagayo picara. El efecto de la yilé se multiplica por los tirones, trabaja como un látigo o mejor una guadaña. Helena, comprendiendo, mirándome aún, comenzó a soltar pabilo. Un ataque que falla debe ser repetido inmediatamente utilizando el impulso para la nueva embestida. Aquel mirarme y soltar pabilo, mirarme y soltar pabilo, como si olvidara todo lo demás, hasta la tierra de los piececitos desnudos, hasta los mocos cuajados en las mejillas. El peligro de la maniobra evasiva es el cable eléctrico. Fue un retorcerse, fue un salto. El perseguidor debe tratar de evitar caer en el cable en donde ha dado el perseguido. Pero no tiré para elevar mi papagayo, solté el pabilo, corrí hacia el cuerpecito fulminado de Helena hacia el cual corrían los demás niños, el papel fue a juntarse al papel en las líneas de alta tensión, hubo otra chispa fea, azul, un rumor, y los dos papagayos se consumieron juntos en su alto nido, en una crepitación de arrullo.

MARTA NOS

LA SILLA

No, Tito. Ni te pensés. Nada de que es en directo, ni que el club, ni que los muchachos, nada, ¿oíste? Vos no te llevás nada. Hoy me toca a mí. Y sacá la mano que no me vas a convencer. Sacá la mano te digo. Ya te la llevaste el otro sábado. Siempre te la llevás. Así que la silla hoy es mía. No todos los días viene una compañía ambulante. Va a ser una fiesta en el patio. Ya me planché el vestido rosa, el del casamiento de Elvirita. No me voy a sentar en el suelo, ¿no? Y sacá la mano. Una compañía ambulante, ¿te das cuenta? Como un vendedor y como ambulancia. Pero sin sirena. Con campanitas. Sí, en serio. ¿No viste la tarima y los cortinones abajo? Vinieron con unas campanitas y anunciaron lo de esta noche y dejaron todo listo. Hasta la bruja del catorce salió a ver. Clin clin que la gran compañía ambulante de no sé quién, que el gran actor no sé cuánto, y todos en el patio para ver qué pasaba. Así que hoy me la llevo yo. No pienso verme toda la obra parada. No, Tito. No, che. Que me hacés cosquillas. Dejame batir los huevos. Todo para distraerme y llevártela vos, ¿no? Decime, ¿no te canSás de mirar partidos? Todos igual los tipos. Todos igual los partidos. Llevate el banquito. O sentate vos en el suelo y basta. Eso sí. Ponete otro pantalón. Que después la que lava soy yo. Pero sentate en el suelo. O conformate con el banquito. Si lo tenemos para algo es, ¿no? No. El banquito yo, nada. El banquito, vos. El Chichín siempre anda con su banquito y que yo sepa todavía no se murió. Claro que él es mucho más flaco. Estás engordando, Tito. Vos no te das cuenta pero sí. Bueno, no me importa. Son cosas tuyas. Hoy la silla es mía. Pero, cuántas manos tenés me querés decir? Dale. Que se me quema el aceite. Correteo No. El pelo no, Tito. Bueno. Un beso y basta. Vos lo que querés es cambiarme el tema. Basta te digo. Después no chilles si hay pelos en la tortilla. Ya está. Y dejame la oreja tranquila. Ahora comé que tengo que bajar al patio. Por la silla te digo. Y vos también apurate, que tu bendito partido no te va a esperar. No y no. Nada de michi ni de tu tía. La silla nada. Soy yo la que siempre come en el banquito, ¿no? Tengo mi derecho una vez, ¿no? Sí, claro. Siempre lo mismo. ¿Por qué boludeces de mujeres? Los ambulantes son teatro, ¿no? Y el teatro es arte, ¿no? Y el arte a mí me gusta y no es ninguna boludez. Y es también de hombres. No, de maricas no. De hombres. Y dejame pasar. Sacá la mano. Dejame pasar. Que me corrés la media, Tito. Pero che, sacate la idea, ¡querés! ¿Escuchás las campanitas? Son ellos. Ya están abajo. Y yo todavía en veremos. Si no me apuro, las otras copan los mejores lugares. La del quince seguro que ya está, la turra, en primera fila y mostrando las piernas. Sí. No te hagas el mosquita muerta, que yo a ésa me la sé de memoria. Pero no te hagas tampoco ilusiones porque con todos es igual. Y ahora bajame el cierre. No. Con vos así mejor que no. Mejor no me bajes nada, yo me arreglo. Oí cómo chusmean. Ya está la del veintitrés gritándole a los pibes. Ay, este pelo, cómo me lo dejaste. No. Fijate que no me puedo callar. Estoy nerviosa. De nervios hablo, ¿sabés? Mm, mirá qué es lindo este vestido, un poco justo, pero lindo, ¿no? Che, ¿estaré engordando yo también?, ¿vos me ves más gordita? Y bueno. ¿Está rica la tortilla? ¡Viste! Te dije. Ahora no chilles. Pelo más pelo menos, ya es como un condimento. Siempre el mismo vos. ¿Yo te chillo por vivir en una pieza? ¿Yo te pido baño o cocina? Qué carácter, Tito. Tanta historia por un pelo. ¿No decís que te calienta mi pelo? Ah, ¿uno solo no? Entonces devolvémelo. A fin de cuentas es mío. Pero no. Tito. No. Que me pasé el ruye. ¿Toda te la comiste? Tanto asco no te dio. Mirá que sos bruto para tragar. Ya está el de enfrente espiando para acá. Pucha este cierre. Dale, ayudame. Hasta la mitad llego; antes subía mejor. Tirá para arriba. ¿Tenés las manos limpias? Qué silencio en el patio. Seguro que ya está por empezar. Che Tito, otra vez no. No empieces de nuevo que pierdo mi lugar en el patio. Me arrugás el vestido, Tito. Dejame la oreja. Mirá que lo de la silla va en serio. Me estás despeinando otra vez. Anda a despeinarla a la del quince. Andá. Sí, seguro, yo sola. Cualquier día te creo. El vestido, Tito. Pero che, mirá que sos porfiado. Ahí pasaron las gordas del tres bis. Algo más para que chusmeen de nosotros. Sí. Tu michi sí. Pero nada más. Quiero ver a los ambulantes. Y quiero mi silla. El viejo de enfrente no afloja. Va y viene pero no afloja. ¿Me subís el cierre o no me subís el cierre? ¿Y por qué me voy a callar? ¿Yo te digo algo a vos porque nunca hablás?, ¿que sos mudo, o algo así, te digo? ¿Entonces? Tito me hacés cosquilla. Dame la silla. El peinado, Tito. Subime el cierre, ¿querés? Sí. Tu michi. Y bueno, tu michi, y la seguimos después. Claro que me gusta. Pero primero los ambulantes, ¿oís? Ya están anunciando. Tito. Che. Mirá lo que es mi vestido. Aflojá la silla. Dámela. Pobre vestidito mío. ¿Cómo que para qué lo necesito? ¿Qué querés? ¿Que ande desnuda querés? Oí. Empezaron con la función. Y yo todavía aquí. Y toda arrugada. Mirá cómo me pusiste. El cierre, sí. Pero subilo. Y largá la silla. Che, Tito. ¡Qué hacés! Vos estás loco, Tito. ¿Por qué te sentás de nuevo? Ufa. Si no bajo ahora no voy a entender nada. ¿Y tu partido, vos? Dejate de michi. ¿Cómo? ¿En la silla? Qué ocurrencia. Mirá que te voy a creer que el partido no te importa. ¿En la silla? ¿En serio? ¿Como los italianos de abajo? La del diecisiete dice que los vio haciéndolo así. Bueno. Que le pareció. Y que estaban vestidos. Me vas a enganchar la media. Vos así no podés salir a la calle, Tito. Mirate un poco. En serio me parece que hoy no ves ningún partido. Se ríen. Debe ser cómica. Y yo que me la pierdo. Todo por tu capricho. ¿Ni el fútbol te interesa ahora? Y bueno. Entonces ya que no me lo subís, bajámelo al cierre. ¿Pero en la silla?, ¿te parece?, ¿y vestidos? Mirá que hace calor. Sí. Tu michi. Ay, Tito. ¿Los de arriba? ¿Y si se rompe? Mirá que estás medio gordito. ¿Vos creés que aguantará? ¡Qué lindo, ¿no?! Pero esperá que por lo menos cierro la puerta.

Ivan Puig, Artificial Growth

PHILIP LEVINE

El Alma Entera

¿Es larga como una aguja
o gorda como un huevo? ¿Es
terrosa como una papa o
anillada como un roble o una
cebolla y como la cebolla
lo mismo que tú va hacia
el corazón? Eso podría ser
adecuado, lo que no es
el corazón humano, el resto
intenta conservarlo
caliente o frío dependiendo
de la estación o a quién
te estés dirigiendo, el resto
un medio para llevarlo de
un lugar a otro, porque
debe ir en dos piernas bajando
la escalera y afuera de la puerta
del frente debe saludar al sol
con un suspiro de placer mientras
se detiene en el pórtico
planteando la agenda del día.
Si ir derecho hacia adelante
pasando a través de las estancias
de los ricos, salas de estar
recubiertas con paneles de falsa
caoba filipina y dormitorios
con pisos de armiño y enredados
mares de sábanas de seda, a través
de paredes de adobe y jardines secretos
de maíz dulce y marihuana
hasta que cruza varios grupos
de senderos, cuatro autopistas, y
una cordillera y enfrenta
un gran océano cada gota del
cual es conocida y como
ninguna otra, cada una con su
sabor particular, una adecuada
para realzar el gusto
de los tallarines, otra
cuando se seca en una palma abierta
chispeante y pequeña, justa
para un bocado de tomate maduro
o para incitar a una lengua pesada
que deslizada por una frente
podría pronunciar las terribles palabras,
“¡Oh, mi amor!” y sentirlas.
Cuanto más uno lo considera
más extrañas se vuelven
estas formas. Yo contemplo
el Pacífico y me maravillo –
tallarines, cebolla, terrón, huevo
de doble yema en dos piernas,
una estrella tan perfecta como la sal –
y mi propia forma una amalgama
de tantas medidas, terrones,
y palmas lisas. Y mientras estoy
aquí en la orilla me inclino para
tomar unos puñados de agua
que corre entre mis dedos,
esos pobres tallarines buenos para
sostener nada por mucho tiempo y
hablo en una lengua sedienta
por la sal y el agua sin sal,
le doy una forma al aire
saliendo y al aire entrando,
y el viento del mar lo esparce
como múltiples cristales ardiendo
dispersos en el océano de la tarde.

Michael Buhler-Rose

La Rata de la Fe

Una urraca azul se posa en una estaca
destinada a sostener un manzano
recién plantado. Un viento fuerte
en esta mañana despejada y fría
apenas agita las plumas de su cola.
Cuando dirige su atención
hacia mí, enfrento sus ojos
sin pestañear. Hace una semana
mi esposa me llamó para que viniera a ver
a este mismo pájaro cazando una rata
en las hojas gruesas
del naranjo. Vinimos
tan cerca como pudimos y miramos
a la rata cavar su camino en una naranja,
las garras trabajando meticulosamente.
Luego él se dio un banquete, la cara hundida
en la carne, y después
se limpió en el jugo, las patas
fregándose sobriamente. Sorprendido
por la blancura del vientre,
cuán descubierto y vulnerable era,
sugerí traer mi .22.
Ella dijo, “¿Quieres matarlo?”
No quería. Hay naranjas
suficientes para él, las urracas, y nosotros,
a través de la cerca en el patio
al lado de las naranjas pudriéndose
en la tierra. Hay potencia
en la palabra rata, un horror
que puede ser privado. Cuando yo
era un niño y heredero de las historias
de salvajismo, de los hombres durmientes
y los niños a medias comidos antes
de poder despertar, conocí
ese horror. Tenía miedo
que dejado vivo el animal
invadiría mi sueño,
inmenso y poderoso ahora
con la necesidad de comer carne.
Estaba equivocado. Noche tras noche
me despertaba de los sueños de una ciudad
como ninguna otra, la brillante ciudad
de la belleza que pensé que perdería
cuando perdí mi fe en que alguna vez
entraríamos en nuestras vidas.
El viento sopla y se calma
sacudiendo este diminuto e incipiente
manzano que en tres meses
ha tomado el barro duro
de nuestro patio delantero. De un salto
la urraca vuelve su espalda hacia mí
cayendo en picada como si fuera a beber
el mismo aire, y vuela.

Traducción: Yanina Audisio.

WILLIAM SAROYAN

UNA NOCHE LEJANA

Éste era un día de niebla y de recuerdo de días pasados y de viejas canciones. Estuve en casa toda la tarde, oyendo las canciones. Me envolvía la penumbra, y de pronto vino a mi memoria una canción que en cierta ocasión canté a una muchacha en un autocar. Durante un rato allí estuvimos, enamorados; pero, cuando el autocar llegó a Topeka, ella bajó, y no la he vuelto a ver más. Cuando la besé en medio de la noche, se echó a llorar, y yo me sentí enfermar, enfermar de mal de amores. Era una joven noche de agosto e iba a Nueva York por primera vez en mi vida. Y me sentí enfermo porque yo seguía mi camino y ella se iba por el suyo.
Todo este día de niebla permanecí en casa recordando que la vida de un hombre sigue un rumbo y otros distintos las demás vidas, cada una el suyo, salvo las vidas de algunos jóvenes que incesantemente trunca la muerte.
Otros sobreviven la juventud durante un tiempo, pero al final también mueren. Si uno no vuelve a verlos, están muertos aunque el mundo sea un pañuelo; y aunque uno los busque, y los encuentre, estarán muertos, porque cualquier camino que siga cualquiera de ellos es un camino que lleva a una muerte segura.

Joanna Braithwaite 77

El autocar llegó a Topeka, y ella bajó, dobló una esquina, y no la volví a ver más. He visto a muchas otras, no pocas tan adorables como ella, pero a ninguna igual, ninguna con aquella tristeza y aquella voz tan dulce, ninguna que llorase como ella lloraba. Nunca habrá otra con ese mismo aire melancólico. Ni tampoco una noche americana como aquélla. Ella acaso sea ahora más adorable que entonces, pero nunca habrá otra melancolía como la de aquella noche, nunca más volverá ella ni otra alguna a llorar de aquel modo, ni el hombre que la bese se sentirá angustiado con la angustia del amor de aquella noche. Todo ello pertenece a una noche de América, perdida ya y que nunca volverá. Todo ello pertenece a la secular sucesión de circunstancias casuales insignificantes, triviales, que llevaron a la muchacha al asiento contiguo al mío, y de otras igualmente triviales e insignificantes que me llevaron a mí allí, en espera de ella.
Llegó, y se sentó junto a mí, y entonces supe que la espera de todos los años pasados había sido por ella; pero cuando ella bajó del autocar en Topeka, yo me quedé, y tres días más tarde llegué a Nueva York.
Esto es todo lo que ocurrió, salvo que algo de mí mismo continúa allí, en aquella cálida y remota noche americana.
Cuando la obscuridad del día se convirtió en obscuridad de la noche, me puse el sombrero y salí de casa. Paseando por entre la niebla, fui a la ciudad, y el corazón me seguía como un perro grande y paciente, y en la ciudad hallé a algunos de los muertos que son mis amigos, y entre risas más agónicas y desconsoladas que el llanto más amargo, estuvimos comiendo y bebiendo, charlando y cantando, y todo lo que yo recordaba era el encanto de la muchacha llorando porque años de minúsculas circunstancias casuales nos habían reunido, y la necedad de mi corazón incitándome a permanecer con ella, a no ir a ninguna parte, intentando persuadirme de que no hay ninguna parte adonde ir.