PHILIP LEVINE

El Alma Entera

¿Es larga como una aguja
o gorda como un huevo? ¿Es
terrosa como una papa o
anillada como un roble o una
cebolla y como la cebolla
lo mismo que tú va hacia
el corazón? Eso podría ser
adecuado, lo que no es
el corazón humano, el resto
intenta conservarlo
caliente o frío dependiendo
de la estación o a quién
te estés dirigiendo, el resto
un medio para llevarlo de
un lugar a otro, porque
debe ir en dos piernas bajando
la escalera y afuera de la puerta
del frente debe saludar al sol
con un suspiro de placer mientras
se detiene en el pórtico
planteando la agenda del día.
Si ir derecho hacia adelante
pasando a través de las estancias
de los ricos, salas de estar
recubiertas con paneles de falsa
caoba filipina y dormitorios
con pisos de armiño y enredados
mares de sábanas de seda, a través
de paredes de adobe y jardines secretos
de maíz dulce y marihuana
hasta que cruza varios grupos
de senderos, cuatro autopistas, y
una cordillera y enfrenta
un gran océano cada gota del
cual es conocida y como
ninguna otra, cada una con su
sabor particular, una adecuada
para realzar el gusto
de los tallarines, otra
cuando se seca en una palma abierta
chispeante y pequeña, justa
para un bocado de tomate maduro
o para incitar a una lengua pesada
que deslizada por una frente
podría pronunciar las terribles palabras,
“¡Oh, mi amor!” y sentirlas.
Cuanto más uno lo considera
más extrañas se vuelven
estas formas. Yo contemplo
el Pacífico y me maravillo –
tallarines, cebolla, terrón, huevo
de doble yema en dos piernas,
una estrella tan perfecta como la sal –
y mi propia forma una amalgama
de tantas medidas, terrones,
y palmas lisas. Y mientras estoy
aquí en la orilla me inclino para
tomar unos puñados de agua
que corre entre mis dedos,
esos pobres tallarines buenos para
sostener nada por mucho tiempo y
hablo en una lengua sedienta
por la sal y el agua sin sal,
le doy una forma al aire
saliendo y al aire entrando,
y el viento del mar lo esparce
como múltiples cristales ardiendo
dispersos en el océano de la tarde.

Michael Buhler-Rose

La Rata de la Fe

Una urraca azul se posa en una estaca
destinada a sostener un manzano
recién plantado. Un viento fuerte
en esta mañana despejada y fría
apenas agita las plumas de su cola.
Cuando dirige su atención
hacia mí, enfrento sus ojos
sin pestañear. Hace una semana
mi esposa me llamó para que viniera a ver
a este mismo pájaro cazando una rata
en las hojas gruesas
del naranjo. Vinimos
tan cerca como pudimos y miramos
a la rata cavar su camino en una naranja,
las garras trabajando meticulosamente.
Luego él se dio un banquete, la cara hundida
en la carne, y después
se limpió en el jugo, las patas
fregándose sobriamente. Sorprendido
por la blancura del vientre,
cuán descubierto y vulnerable era,
sugerí traer mi .22.
Ella dijo, “¿Quieres matarlo?”
No quería. Hay naranjas
suficientes para él, las urracas, y nosotros,
a través de la cerca en el patio
al lado de las naranjas pudriéndose
en la tierra. Hay potencia
en la palabra rata, un horror
que puede ser privado. Cuando yo
era un niño y heredero de las historias
de salvajismo, de los hombres durmientes
y los niños a medias comidos antes
de poder despertar, conocí
ese horror. Tenía miedo
que dejado vivo el animal
invadiría mi sueño,
inmenso y poderoso ahora
con la necesidad de comer carne.
Estaba equivocado. Noche tras noche
me despertaba de los sueños de una ciudad
como ninguna otra, la brillante ciudad
de la belleza que pensé que perdería
cuando perdí mi fe en que alguna vez
entraríamos en nuestras vidas.
El viento sopla y se calma
sacudiendo este diminuto e incipiente
manzano que en tres meses
ha tomado el barro duro
de nuestro patio delantero. De un salto
la urraca vuelve su espalda hacia mí
cayendo en picada como si fuera a beber
el mismo aire, y vuela.

Traducción: Yanina Audisio.

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