Jens Peter Jacobsen

ALLÍ DEBERÍAN ESTAR LAS ROSAS

Der burde have været Roser
en Mogens og andre Noveller (1882).
Traducción al español de Yanina Audisio, a partir de la versión en inglés de Anna Grabow (1921).

Las grandes rosas de un amarillo pálido.
Deberían colgar en ramos copiosos sobre el muro del jardín, esparciendo sus hojas tiernas de modo descuidado sobre los acoplados de los camiones en la ruta: una chispa distinguida de la riqueza exuberante de las flores.
Y deberían tener el perfume delicado, fugaz de las rosas, que no puede ser medido y es como el de las frutas desconocidas de las que los sentidos cuentan leyendas en sus sueños.
¿O deberían haber sido rojas, las rosas?
Quizás.
Serían de las pequeñas, redondas, robustas rosas, y hubieran colgado en finas ramas ensortijadas de hojas suaves, rojas y frescas, como un saludo o un beso arrojado hacia el viajero que camina, agotado y lleno de polvo, en la mitad de la ruta, alegre de estar ahora a solo media milla de Roma.
¿O qué estará pensando? ¿Cuál será su historia?
Ahora las casas lo ocultan, ocultan todo ese costado. Se ocultan una a la otra y a la ruta y a la ciudad, pero del otro lado aún se mantiene una vista remota. Allí la ruta se inclina en una curva indolente, lenta que baja hacia el río, que baja hacia el puente lúgubre. Y detrás, se extiende la inmensa Campagna. El gris y el verde de aquellas grandes praderas… Es como si el cansancio de tantas millas de tedio saliera de ellas y se aposentara sobre uno con su pesada carga, haciéndolo sentir solo y abandonado, lleno de deseos y añoranzas. Entonces es mucho mejor que uno encuentre alivio aquí en una esquina entre los altos muros de los jardines, donde el aire aparece tibio y suave todavía —sentarse en el espacio soleado, donde un banco se curva en un rincón del muro, sentarse allí deriva en la contemplación por sobre el verde luminoso de los acantos en las acequias al lado de la ruta, por sobre los cardos blanquecinos y el amarillo pálido de las flores otoñales.
Deberían estar las rosas en la gran pared gris del frente, una pared llena de agujeros de lagartijas y grietas con hierba marchita; y ellos deberían espiar allí donde la extensa llanura es interrumpida por un largo y abultado cesto de antiguo hierro forjado, una superficie enrejada, que forma un amplio balcón. Debe haber sido confortante subir allí cuando uno estaba aburrido del jardín cercado.
Y eso hicieron a menudo.
Odiaban la magnífica villa antigua, con su escalera de mármol y sus gruesas tapicerías; y los árboles añejos con sus altivas copas, pinos, laureles, fresnos, cipreses y robles. Durante el tiempo de su crecimiento, los odiaron con el desprecio que sienten los corazones inquietos hacia todo lo que es común, trivial, plácido, hacia lo que permanece inmutable y por eso aparece como hostil.
Pero desde el balcón uno podía al menos buscar el afuera con los ojos, y por eso permanecían allí, una generación tras otra, todos miraban a la distancia, cada uno con su dicha y cada uno con su adversidad. Brazos adornados con brazaletes de oro han descansado en el borde de la barandilla de hierro y muchas rodillas cubiertas de seda se presionaron contra los arabescos negros, los lazos coloridos se agitaron de todas sus esquinas como signos de amor y encuentro. Amas de casa embarazadas se detuvieron aquí y enviaron mensajes indescifrables a la lejanía. Grandes mujeres ricas y abandonadas, tan pálidas como rencorosas… ¡podría alguna matar con un pensamiento o abrir el infierno con un deseo! … ¡Mujeres y hombres! Siempre son mujeres y hombres, incluso aquellas demacradas almas vírgenes que se presionan contra la celosía labrada como una bandada de palomas perdidas, gritando “Llévennos” a aves de presa imaginarias.
Alguno podría evocar un proverbio aquí.
El escenario hubiera sido muy adecuado para un proverbio.
La pared allí, exacta como es; solo la ruta tendría que ser más ancha y expandirse en un espacio circular. En su centro tendría que haber una vieja y modesta fuente de toba amarillenta con un cuenco de pórfido roto. Como figura de la fuente, un delfín con la cola quebrada, y un orificio de la nariz tapado. Del otro saldría un delgado hilo de agua. A un costado de la fuente, un banco semicircular de toba y terracota.
El polvo suelto, de un blanco agrisado; la piedra moldeada, rojiza; la toba labrada, amarillenta y porosa; el pórfido oscuro y pulido, brillante por la humedad, y el vivaz, minúsculo, plateado hilo de agua: material y colores para la armonía.
Los personajes: dos pajes.
No de un período histórico definido, porque los pajes reales no corresponden de ninguna manera con los pajes del ideal. Los pajes aquí, sin embargo, son pajes como los de las pinturas y los libros. Solamente la vestimenta genera un efecto histórico.
La actriz que representa al más joven de los pajes viste una seda liviana adherente azul claro con un bordado de lirios heráldicos color oro. Eso y cuanto encaje posible puede ser usado son los rasgos distintivos del vestuario. No se refiere a ningún siglo en particular, pero parece que pretende enfatizar la joven voluptuosidad de la figura, el magnífico cabello rubio y el cutis claro.
Ella estuvo casada, pero solo bastó un año y medio para que ella estuviera divorciada de su marido, y se dice que su comportamiento hacia él fue todo menos apropiado. Y puede ser, pero es imposible imaginar nada más inocente que su apariencia. Hay que decirlo, no es la inocencia bondadosa la que tiene esa calidad atractiva; sino la inocencia cultivada, madura, con la que nadie puede equivocarse, porque va directamente al corazón. Esto cautiva con todo el poder propio de aquello que ha alcanzado su completud.
La segunda actriz del proverbio es sutil y melancólica. Es soltera y no tiene pasado, absolutamente ninguno. Nadie sabe una sola cosa sobre ella. A pesar de sus miembros finamente delineados, hasta la flacura, y su color ámbar pálido, los rasgos más característicos son vocales. El rostro está rodeado de rizos de un negro como el de los cuervos, y nace en un cuello fuerte y masculino. Su sonrisa forzada, en la que también aparece un deseo hambriento, seduce. Sus ojos insondables poseen profundidades tan suaves y luminosas como los pétalos oscuros en la flor del pensamiento.
El traje es amarillo suave, con un corsé a rayas, rígido en la garganta y con botones de topacio. Tiene una puntilla angosta en el borde del collar y en las mangas ajustadas. Los pantaloncitos son cortos, de corte amplio, de un verde mortecino con un morado claro en los bordes. Las calzas son grises. —Las del paje azul, por supuesto, son de un blanco puro. —Ambas lucen pasadores en el pelo.
Esa es su apariencia.
Y ahora el paje de amarillo está parado en el balcón, inclinado sobre el borde, mientras el de azul está sentado en el banco de la fuente, reclinado cómodamente para atrás, con sus manos cubiertas de anillos, juntas sobre una rodilla. Observa la Campagna soñadoramente.
En este instante dice:
“No, ¡nada existe en el mundo excepto las mujeres! —No lo comprendo… debe haber magia en la materia a partir de la cual son creadas, simplemente las veo pasar: Isaura, Rosamond, Donna Lisa y las otras. Cuando observo cómo sus corsés marcan sus figuras y cómo las cubren mientras caminan, es como si mi corazón exprimiera la sangre de todas mis arterias, y dejara mi cabeza vacía, sin pensamientos, y mis miembros temblando y sin fuerza. Es como si todo mi ser se sacudiera en un solo, trémolo y dificultoso suspiro de deseo. ¿Qué pasa? ¿Por qué pasa? Es como si la felicidad atravesara, invisible, por mi puerta, y yo tuviera que raptarla y apretarla cerca de mí, y apoderarme de ella. Es tan maravilloso—y aún no puedo capturarla, porque no puedo verla.”
Luego habla el otro paje desde su balcón:
“Y si ahora te inclinaras a sus pies, Lorenzo, y perdida en sus pensamientos, ella se olvidara por qué te ha llamado, y tú sentado en silencio, esperando, y su rostro encantador inclinado sobre ti, en las nubes de sus sueños, más alejada de ti que la estrella del paraíso, y sin embargo tan cerca de ti que cada gesto suyo se rinde a tu admiración, cada línea de su belleza, cada matiz de su piel tanto en la blanca calma como en el rosado rubor—no sería entonces ella, sentada allí, la que pertenece a otro mundo, ¡sino al mismo mundo en el que te arrodillas por adorarla! ¿No sería el que la rodea otro mundo, en el que sus garbos y festivos pensamientos se alejan para perseguir un fin que te es desconocido? Su amor se encuentra tan lejos de todo lo que es tuyo, de tu mundo, de todo. Ella sueña con largas distancias y sus deseos son de grandes lejanías. Y parece que no podrías ocupar ni el más minúsculo espacio en sus pensamientos, sin embargo, desearías con ardor sacrificar por ella tu vida, tu universo, hasta el final que habrá entre los dos, que es apenas un destello leve de compañerismo, antes que un pertenecerse mutuo. ”
“Sí, sabes que así es. Pero…” En este momento, un lagarto verde amarillento corre por el borde del balcón. Se detiene y mira, mientras la cola se mueve…
Si al menos alguno pudiera encontrar una piedra…
Cuidado, mi amigo de cuatro patas.
No, no puedes golpearlo, percibe la piedra mucho antes de que lo alcance. De todos modos, lo alcanza el miedo.
Pero los pajes desaparecen en el mismo momento.
El de azul estuvo sentado allí con elegancia. En sus ojos yace una añoranza, genuina e inconsciente, y en sus movimientos una ansiedad llena de presentimientos. Alrededor de su boca había una leve expresión de dolor, cuando hablaba, y más aún cuando escuchaba la voz suave y baja del paje amarillo que habló desde el balcón con palabras provocadoras y, al mismo tiempo, acariciantes, con una nota de burla y una nota de compasión.
¡No parece ahora que siguieran allí!
Pero allí están y han conducido la acción del proverbio, mientras se iban. Hablaron del vago amor de juventud que nunca encuentra paz, sino que revolotea incesantemente por las tierras de los malos presagios y los paraísos de la esperanza; ¡este amor que está muriendo para satisfacerse a sí mismo en el brillo poderoso, ferviente de una sola emoción magnífica! De esto hablaron; el más joven en una queja amarga, el más viejo con una ternura pesarosa. Ahora el último dijo—el de amarillo al de azul—que no debería demandar con tanta impaciencia el amor de una mujer para capturarlo y mantenerlo amarrado.
“Creéme,” dijo, “el amor que encontrarás en el apretón de dos blancos brazos, con dos ojos como tu cielo inmediato y la segura dicha de dos labios, este amor yace casi dentro de la tierra y dentro del polvo. Ha cambiado la libertad eterna de los sueños por la felicidad que puede ser medida en horas y que, hora tras hora, se vuelve más vieja. Aunque rejuvenezca de nuevo, cada vez pierde uno de los rayos de la aureola que rodea la eterna juventud de los sueños. No, eres feliz.”
“No, eres feliz,” replicó el de azul, “daría el mundo, por estar donde estás.”
Y el de azul se levantó y empezó a bajar por la ruta de Campagna, y el de amarillo lo miró con una sonrisa triste y dijo para sí: “No, ¡es feliz!”
Pero, lejos, bajando la ruta, el de azul se volteó una vez más hacia el balcón, y alzando el pasador del pelo, gritó: “No, ¡tú eres feliz!”
Allí deberían estar las rosas.
Ahora una ráfaga de viento vendría a agitar una lluvia de pétalos de las ramas repletas, y armaría un torbellino con ellas sobre el paje que está partiendo.