Robert Frost 2

NOCHE DE INVIERNO DE UN VIEJO

 

Toda la intemperie lo miraba sombríamente

a través de la escarcha fina -casi separada en estrellas-

que se amontona en el cristal de los cuartos vacíos.

Lo que impidió que sus ojos devolvieran la mirada

fue la lámpara, cerca, inclinada en su mano.

Lo que le impidió recordar qué lo llevó

a ese cuarto rechinante fue la edad.

Se detuvo, rodeado de barriles, confundido.

Y habiendo amedrentado a la bodega de abajo

taconeando allí, la amedrentó una vez más

taconeando al salir; y amedrentó a la noche exterior,

que tiene sus sonidos, familiares, como el rumor

de los árboles y el crujido de las ramas, cosas comunes,

pero nada parecido a golpear una caja.

Una luz era él para nadie más que para sí,

donde ahora se sentó, preocupado con lo que sabía,

una luz quieta, y después ni siquiera eso.

Encomendó a la luna -como era, tardía-, a la luna rota,

mejor que el sol en cualquier caso

para el encargo, su nieve sobre el tejado,

el hielo a lo largo de la pared para cuidar,

y se durmió. El tronco, que se movió con una sacudida

en la estufa, lo perturbó y él se movió a su vez,

aliviando su pesada respiración, todavía dormido.

Un hombre anciano -un hombre- no puede llenar una casa,

una granja, un campo, o si puede,

esto  es, por tanto, lo que hace de una noche de invierno.

caleb-charland

Traducción: Yanina Audisio.

 

 

NATALIA BARROS

UN ACTO

 

la poesía es el salto de un gato

 

sin el salto

 

sin el gato

 

 

INSUMISIÓN

 

las cosas

dentro

de las cosas

 

emergentes

conspiradoras

 

las cosas

vibran

las cosas

 

cóncavas

líquidas

 

las cosas

entre

las cosas

 

invisibles

existentes

 

las cosas

recuerdan

las cosas

 

encarnadas

evidentes

 

las cosas engendran las cosas

 

las cosas exponen

las cosas imponen

 

la invención de todo

 

(y)

 

la nostalgia de todo

 

Gervasio Troche2

 

 

OTOÑO

 

no quiero

decir nada

pero me gusta

cuando

una hoja

 

cargada por el viento

 

se agita

 

en mí

 

 

EL ADIÓS MAYOR

 

El día del adiós mayor, el sol estaba alto

era el inicio del verano que la brisa caliente bendecía.

Yo era amada y oía el continuo murmurar de las olas.

 

El día del adiós mayor pensé en miel, en perlas,

en cuchillos, en dioses, en Ícaro con sus alas,

en el vértigo, en el cielo, en los pájaros.

 

El día de la despedida comí pescado con puré.

 

El día del adiós mayor continué recordando

que iría afuera por la vida, todos los días, días y días,

a adorar el amor, aunque su paso

provoque alegrías y desconocimientos.

 

El día de la distancia aumentada.

La ruta de la incomunicabilidad.

De la indiferencia.

De lo descontinuado.

 

Las nubes siguieron condensando recuerdos pluviales.

Caminé por la montaña, compré el diario,

regué los helechos.

 

Como todos los días: abrí y cerré ventanas.

 

El día de ese adiós pensé en entender, en callarme,

en para siempre, pensé en no pensar.

 

En ese día vi estrellas radiantes y silenciosas.

 

El día del adiós mayor permanecí con los ojos en el puerto,

la sangre corriendo, coagulando, y yo, hasta la médula,

condenada a ser yo.

 

Gervasio Troche3

 

 

PARTICULARMENTE

 

prefiero que el superhombre

 

sea aun un pájaro

 

o un avión.

 

 

Traducción: Yanina Audisio.